10.3.06

Hay algo despues de los 26?

Viernes al fin público querido, se cierra una semana espantosa. Pero al menos la terminamos, que no?
Pero no quiero amargarlos con mi vida triste y miserable, peligrosamente cerca de los 27..... Y hablando de eso, les quiero poner algo que escribió un amigo:

MUJERES DESPUÉS DE LOS VEINTISÉIS AÑOS

¡Qué lindas las mujeres de veintiséis años, que aún no se han casado ni tienen novio!

¡Qué lindas y que afinadas son! Más que mujeres parecen brasas cubiertas de una fina película de ceniza. Se consumen lentamente y todos sus gestos tienen lentitud de cansancio: el cansancio de haber esperado inútilmente.

¡Qué lindas las mujeres de veintiséis años, que aún no se han casado ni tienen novio!

¿Y los casamientos? Yo he visto, en la noche, mirando el coche blanco de azahares, a puñados de chicas que esperaban «la salida de los novios». Y las que eran jóvenes se alegraban, pero las que cruzaron los veinticinco años, miraban con ansiedad, recogidas en el convencimiento de que esa prodigiosa aventura nunca, pero nunca, les ocurriría a ellas.

Y cuando el cortejo nupcial desaparecía, y las luces se apagaban, y el sacristán de la iglesia cerraba las puertas, ellas, las muchachas solteras se alejaban despaciosamente sin hablar, sumergido el pensamiento en cavilaciones de «lo que no fue».

Y esta pena…

Y esta pena es la que las embellece, volviéndolas pálidas y dejándoles en las manos esas transparencias monjiles de las mujeres enclaustradas.

Porque hay un momento que en ese otoño alcanzan la plenitud de su madurez. Los ojos les brillan como afiebrados, la epidemia adquiere como una especie de luz de nácar, los cabellos parecen tallados en ondulosidades de plomo, y, al caminar, lo hacen con una agilidad extraña. Saben que en esos momentos son lindas irreparablemente pero también saben que esa hermosura es el último fuego del crepúsculo, que ello pasará y luego quedarán convertidas en tristes mujercitas esas muchachas de blusa de tela livianas y espalda algo encorvada que, cuando oyen hablar de amor, sonríen escépticamente y tratan de desviar la conversación.



Hasta los veinte años fueron las mozas absurdas y pretenciosas que adornan todos nuestros barrios, las muchachas del «¡ay!», y del «no, querida», y del «sí, preciosa». Tuvieron novios, pero uno porque no era elegante, el otro porque «tenía un no sé qué», el tercero, porque no ganaba suficientemente. El caso es que, sintiéndose fuertes, no quisieron casarse esperando algo mejor.

¡Lindas almas de piedra, y magníficos corazones de corcho! Se sentían tan lindas, que el querer era para ellas como para un avaro regalar su fortuna a un miserable; y ese mismo convencimiento las embelleció tanto, durante algunos años, que nadie las aguantaba ni veinticuatro horas.

Luego el tiempo pasó.

¡Y cómo pasó! Volando. Tan rápido, que se encontraron más allá de la línea, y entonces quisieron reaccionar, pero era tarde, tan tarde que ahora me explico esta alegría de la que fui testigo.

Una noche de Carnaval; estaba yo junto a la vidriera de un café. A ella la habían dejado sola con el festejante. Los dos sumarían sesenta años. Terminado el corso, vi en el rostro de la muchacha crepuscular, una alegría terrible, de pronto se acercaron la madre y una tía, entonces la muchacha dijo, mientras el novio caminaba adelante, pavoneándose de la conquista que hiciera:

—¡Ya se produjo!

En ese «ya se produjo» resonaban todos los tonos de la impaciencia, de la ansiedad, de la espera. ¡Por fin el otro había fijado fecha!

Y la madre se enderezó de alegría y la muchacha corrió a tomarlo a su prometido del brazo; y yo, sin poder dejar de sonreír, me dije «¿Cuántos meses, cuántos años haría que esa honesta doncella, esperaba salir de ese infierno de soltera que se tradujo a través de esa expresión rotunda, magnífica?

—¡Ya se produjo!

Era como quien anuncia el resultado de una operación quirúrgica, un parto feliz, un experimento fantástico; algo que parecía imposible y que a última hora, estallaba magníficamente. Y volví a decirme, para mi coleto:

—¡Cómo lo vas a cuidar a tu novio ahora! ¡Qué fina, qué perfecta, qué acertada estarás en todo! Porque te pareces a un náufrago, que lanza al aire su último cohete, mientras que el barco pasa en la oscuridad. Si falla esa señal…

Por eso son tan lindas las mujeres crepusculares. Lindas y tristes. Parecen ataviadas para una última fiesta; les quedan tan pocos años para salvarse de la soledad, que nunca como entonces, fueron tan comprensivas, tan finas, tan perfectas. Hablan en música y miran en melodía. Son flexibles como sauces y tienen el tacto de los insectos de grandes antenas, que caminan en un tal suspendido sobre el agua sin hacer temblar la sombra.

Por eso son tan lindas. Y es que están jugándose el futuro. Y los naipes son tan escasos que, a la menor equivocación, pierden la partida. Por eso, la desconocida de aquella noche exclamó, radiante, rojo el semblante de su alegría definitiva:

—¡Ya se produjo!

Y la frase me gustó por gaucha, y por porteña.

Bueno, hasta aqui el artículo.
Y mi comentario: que estupido!!!!!! Una mujer no vale por la edad que tenga (y no justifico que ya pasé de los 26), vale por lo que piensa, por lo que siente, por lo que ha vivido (y lo que no ha vivido también), por lo que tiene, por lo que sabe, por lo que es.
Porque no es cierto que sean exigencias!!! No nos tenemos que conformar con cualquier mequetrefe de quinta, simplemente porque "ya es nuestro último tren". NO, me niego a querer eso, y como bien lo dice mi tia Domitila, con su inmensa sabiduría pueblerina, cuidando a unos hijos de un padre ausente, y soplando al anafre de las gorditas que son su único sustento, y con la otra mano ahuyentando a un perro que merodea la mercancía: "Mejor sola, que mal acompañada, al menos, no tienes que lavar los calzones de alguien que ni de tu familia es!!!", y así lo creo.
Porque tenemos que aferrarnos a que en determinada fecha ya somos "bellezas agonicas"? Porque tenemos que valer en función a la firma de un papel?

Reconozco que hasta el momento, me he equivocado en absolutamente todas las veces que el amor ha tocado a mi puerta (o yo a la puerta del amor), pero en todas las veces no ha sido porque "no era elegante" o "no ganaba lo suficiente" o parludeces así. Ha sido porque siempre he tenido la buena puntada de enamorarme de la persona incorrecta.....
Sin embargo, creo que estoy a punto de entrar en la edad de las blusas de telas livianas, pero la espalda erguida, los ojos fijos y altivos, y el orgullo intacto.....

Ha sido porque así lo he decidido.

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